Para entender a Magritte

René Magritte y su señuelo: la realidad (no) es esto.
Alejandro Saldívar ( el texto ha sido parcialmente modificado)

Para entender a Magritte

René Magritte encontró la muerte en su pintura. Porque según Bretón, el surrealismo introduce en la muerte, que es una sociedad secreta. “Os enguantará la mano, sepultando allí la profunda M con que comienza la palabra Memoria”, decía su manifiesto.

Magritte murió en 1967 a los 69 años. Acababa de pintar Le fils de l’homme, un óleo donde hay un hombre de traje. Corbata roja. Camisa blanca. Sombrero de bombín. Con orejas disparejas. Las manos apretadas, los brazos tensos. Una manzana verde le arrebata la identidad. La redondez de la fruta no deja sino ver los ojos, también verdes, del sujeto que se multiplica como lluvia en Golconde.

Convive con Golconde, un óleo repleto de hombres con rostros idénticos que no son sino reproducciones en serie de ellos mismos. Y que se reflejan en los espectadores.

René Magritte firmaba sus lienzos de manera diminuta. Tal vez delataba que era un hombre discreto y honorable, al margen de cualquier movimiento artístico de su época. Un hombre de una sola mujer, sigiloso y leal.

En 72 óleos hay un Magritte que estanca las nubes y cuestiona la realidad pictórica. Muchos críticos encierran a Magritte en el ámbito de la copia naturalista del sueño o de la irracionalidad concreta.

Ida Rodríguez Prampolini dice: “El mundo de Magritte posee reminiscencias de la pintura metafísica de De Chirico, donde lo inesperado surge con un aplastante realismo, provocando una intelectualizada pero siempre lírica irrealidad”.

En su manifiesto surrealista Breton criticaba, basado en Sigmund Freud, la escasa atención en los sueños, pues decía: “El sueño de los periodos en que el hombre duerme, no es inferior a la suma de los momentos de realidad, o mejor dicho de los momentos de vigilia”.

Magritte relega los sueños al interior de un paréntesis, igual que la noche. Como en su obra L’Empire de la Lumière, II donde el cielo no decide sus luces, pero la farola de una casa se enciende. Noche y día en contradicción eterna.

Esa obra resume en gran parte el planteamiento del surrealismo: la armonización de dos estados aparentemente contradictorios: el sueño y la realidad. Porque en general el sueño, al igual que la noche, se considera irrelevante.

Entre los sueños de Magritte caen pipas, rocas y manzanas virtuales que rebotan sobre un par de sombrillas negras. Hay varios óleos como El mundo invisible, donde una roca ocupa una habitación con una ventana hacia el mar.

En El espíritu de la familia, aparece  una pintura donde un pescado, una esfera y dos siluetas diminutas permanecen estáticas en un espacio abierto.

Max Ernst, coetáneo de Magritte, planteaba el surrealismo como “un acoplamiento de dos realidades en apariencia inconciliables en un plano que, en apariencia, no conviene a ninguna de las dos”. Es decir, un pescado y una pareja juntos en una obra.

Según Mario de Micheli, en su libro Las vanguardias artísticas del siglo XX, “el surrealismo se define como actitud del espíritu hacia la realidad y la vida, no como un conjunto de reglas formales ni de medidas estéticas.”

Por su cuenta Breton pugnaba por “subvertir las relaciones de las cosas”. En ese contexto, la fusión de la realidad y el sueño, le devolvería a los hombres su integridad. Sin embargo, el problema fundamental de la obra de Magritte es la relación entre sueño y representación.

Le viol. Una mujer lleva el sexo por boca, los senos por ojos, el vientre por nariz. El cuerpo por rostro. Los tonos rojizos en el cuello serpentean el cabello dorado con tonalidades azules y verdes. Una mujer imposible pero igual violada. Fue hecha en 1945 y pertenece a la colección del museo Pompidou de París.

¿No cabe acaso emplear el sueño para resolver los problemas fundamentales de la vida?, se preguntaban los surrealistas.

René Magritte rechazó a ultranza que se interpretara su obra. Rechazaría entonces las cédulas que tratan de orientar al espectador. En dado caso quienes mejor conocen los sueños, son los oleos. Tal vez convenga apuntar la última frase el manifiesto surrealista de Bretón: “La existencia está en otra parte”.

Breton, en su libro El surrealismo y la pintura, colocó a De Chirico a la cabeza de los artistas surrealistas. También ubicó el movimiento entre el alma del romanticismo y el alma de la revolución socialista. Magritte es siempre figurativo, en él no cabe lo abstracto.

Más bien la pintura de Magritte no quiere ser la representación de un sueño, quiere ser sueño. Luis Buñuel en una entrevista con Raquel Tibol en noviembre de 1953, lo definía:

“El surrealismo no es algo inexistente que se agrega a la realidad, no inventa la realidad, la ve más completa; no es algo que hay que buscar, está ahí. El surrealismo era lo que faltaba para completar nuestra visión de la realidad, ya que ésta encierra un sentido extraordinario que hay que descubrir.”

Entonces, las imágenes de Magritte podrían verse reflejadas en la época actual en el descrédito de la realidad por los sueños. Por la conquista de la hiperrealidad. Por la imposición de las imágenes en directo.

En un mundo de imágenes comestibles, donde se imponen como simulacros capaces de suplantar a la realidad, aparece Magritte como un señuelo: la realidad (no) es esto.

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